Todos le debemos algo a alguien. Somos que el resultado de
nuestras acciones y elecciones, pero estas son el final de una larga cadena
humana, la punta de un iceberg que emerge de la superficie gracias a toda la masa de
hielo que flota bajo el agua.
Creo que la imagen más gráfica de este esfuerzo colectivo la
tenemos en los famosos Castells, declarados Patrimonio Cultural Inmaterial por
la UNESCO. Una sola persona llega a la cima, pero bajo sus pies, decenas de hombres
se agrupan por capas, sosteniéndose unas a las otras, de modo que si uno solo
falla, toda la torre se desmorona.
Esto me lleva a pensar lo injusta que es a veces la
sociedad. Uno valora el mérito de una persona, un deportista, por ejemplo,
alaba todos los logros que ha conseguido, y no piensa que si no hubiera habido
gente como sus padres detrás animándolo, sacrificando su tiempo y su vida para que
su talentoso hijo desarrollase sus capacidades, estaría ahora trabajando en la
caja de un supermercado, desatascando urinarios públicos, o simplemente tirado
en el sofá, tragando telebasura y comiendo fast
food. Pero tal vez si no hubiese dedicado tanto tiempo al deporte, hoy
sería un eminente científico con varias carrera y doctorados, que descubriese
la cura para una enfermedad terminal y salvase millones de vidas.
Y esto me lleva de nuevo al principio. Si, nuestra vida depende de nuestras decisiones, pero también de las decisiones que toman aquellos que nos rodean, y de las circunstancias en las que nos toca vivir. Porque si nos proponemos algo y hay una sola persona que nos apoye, lo conseguiremos.
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